Bolivia

Dimanche 24 juin 2007

 

                                               

Debout, dans les premières lueurs de l'aube, entourée de millier de personnes, je fixais la montagne et le soleil s'annoncait. Le corps gelé, la peau blanche d'une nuit sans sommeil, au milieu de ces ruines centenaires que je découvrais avec la faible lumière de la nuit qui tombe, j'attendais le soleil comme on attend la vie. Je l'attendais et nous étions des milliers à l'attendre.

Pendant la nuit, la place du coeur andin se réchauffait par ses danses, par ses rondes colorées, frénétiques, ces centaines de rondes où la joie est contagieuse.  Le village,les collines,brillaient de leurs milles feux allumés, autour desquels on buvait du thé alcoolisé. Les rondes tournaient comme milles astres dans l'univers, et l'espace au milieu de chacune s'emplisait de danses et de rires.

Ainsi, tous, nous passâmes la nuit, luttant contre le froid avec les armes de la musique et de la gaité, sous un ciel plus noir et étoilé que jamais. Ainsi nous étions tous, sur les collines et les ruines du Tiwanacu, à l'heure la plus froide de la journée, les regards tendus dans l'attente déjà presque inespérée de l'astre du soleil.

Longtemps  le ciel s'éclaircit , les nuages se colorèrent, les étoiles disparaissèrent, sous le rythme des percussions, la musique militaire, et la voix du Chaman, qui annoncait la nouvelle année et remerciait notre mère la Terre.

Les yeux fixés sur la colline, j'attendais, presque incrédule. Soudain, un petit bout de soleil se montra. Et tous, les mains tendues dans l'air gelé, tous nous recûmes ces premières lueurs. 

"Allalla Wilkakuti",  crièrent des milliers de voix, "Allalla Wilkakuti".

Là bas dans la vallée illuminée des premiers rayons de soleil, sur des pierres centenaires , des dizaines de milliers de personnes regardaient fascinées l'arrivée du soleil, et toutes les mains étaient tendues vers le ciel.

Le rire et la joie me prirent, et je riais de voir cette boule de feu sortir de la colline, s'en séparer peu à peu , tandis que nos mains s'engourdissaient du froid, et qu'un bonheur sans fond ni explication s'emparait de nous.

    

Parada, en el primer resplandor del a lba, rodeada , de miles de personas,  fijaba la montaña donde el sol se anunciaba. El cuerpo helado, la piel blanca de una noche sin sueño, en el medio de esas ruinas centanarias que descubrìa con la dèbil luz de la noche que cae, esperaba el sol como se espera la vida. Lo esperaba, y eramos miles en esperarlo.

Durante la noche, la plaza, del corazòn andino se calentaba por sus bailes, por sus rondas coloradas y frenèticas, esas cienes de rondas donde la alegrìa es contagiosa. El pueblo, las colinas, brillaban de sus mil fuegos prendidos, alrededor de los cuàl se tomaba tè alcoholizado. Las rondas girban, como mil astros en el universo, y el espacio en el medio de cada una se llenaba de bailes y de risas.

Asì, todos, pasamos la noche, luchando contra el frìo con las armas de la mùsica y de la alegrìa,  bajo un cielo màs negro y estrellado que nunca. Asì estabamos todos, sobre las colinas y las ruinas del Tiwanacu, a la hora la màs frìa del dìa, las miradas tensas en la espera ya casi inesperada del astro del sol.

 Mucho tiempo el cielo se aclarò, las nubes se coloraron, las estrellas desaparecieron,   bajo el rìtmo de las percusiones, la mùsica militar y la voz del Chamàn quièn anunciaba el año nuevo el nuevo año y agradecìa a nuestra madre la Tierra.

Los ojos fijados sobre la colina, esperaba, casi incrèdula. De repente, un pequeño pedazo de sol se mostrò. Y  todos, las manos tendidas en el aire helado, todos recibimos esas primeras luces. 

"Allallla Wilkakuti", gritaron miles de voces. "Allallla Wilkakuti".

 Allà en el valle iluminados por los primeros rayos de sol, sobre priedras centenarias, decenas de miles de personas miraban fascinadas la llegada del sol,  y todas las manos estaban tendidas hacia el cielo.

La risa y la alegrìa me agarraron, y me reìa de ver esta bola de fuego salir de la colina, separarse de ella poco a poco, mientras que nuestras manos se entumecìan del frìo, y que una felicidad sin fondo ni explicaciòn se apoderaba de nosotros.   

                

Par anna.diego
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Dimanche 24 juin 2007

Je suis dans la voiture, direction Caranavi. La voiture glisse sur les courbes étroites de  la route, et soulève la terre qui se mélange à la chaleur du tropique et colle à la peau. Il y a quelques jours, nous étions dans les hauteurs de La Paz, recevant sur nos visages les vents glacés des neiges éternelles. Pendant trois jours , nous avons marché, passant des terres arrides peuplées de pailles sèches et de lamas , aux chemins verts et humides oû les arbres nous tendent leurs fruits mûrs et sucrés.  Pendant trois jours, le bruit des torrents et des cascades, provenant des hautes cîmes d'où nous venions , accompagnaient notre marche.  Quelle merveillle se fut découvrir les premiers arbres de Guayavo, de  bananes,d'avocats,de mûres nous  offrant leurs fruits sur le chemin.  

       Puis  nous sommes arrivés aux Yungas. Ces villages perchés sur des collines, ces vilages aux peaux noires aux sourires acceuillants, ces villages qui offrent à la vue le vert des montagnes, et, au loin, la cordillère Real qui encore nous salue, et nous rafraichie uen peu sous ce soleil des tropiques.                                                                                  

 Toute la journée dans les Yungas nous avons marché, allant du beau  village de Coroico, jusqu'au village de Tocaña, village de descandants des anciens esclaves noirs. Toute le journée, nous avons descendu et monté les vallés, nous hidratants  avec les oranges et mandarines que l'on cueillai .                                                                   

  Chaque fois , nous laissons plus loin les hauteurs et le froid delicieux du ciel si bleu et des cîmes si blanches. Maintenant, aux portes de l'Amazonie , je n'apercois plus les monts enneigés. Mais encore nous suivent les torrents furieux aux eaux gelées.

 

      Estoy en el auto, direcciòn Caranavi. El auto se desliza sobre las curvas estrechas de la ruta, y levanta la tierra que se mezcla al calor del tròpico y pega a la piel. Hace unos dìas, estabamos en las alturas de La Paz, recibiendo sobre nuestros rostros los vientos helados de las nieves eternas. Durante tres dìas, caminamos, pasando de las tierras àridas pobladas de pajas secas y de llamas a los caminos verdes y hùmedos donde los  àrboles nos tienden sus frutos maduros y azucarados. Durante tres dìas, el ruido de los torrentes y de las cascadas, proviniendo de las altas cimas de donde venìamos, acompañaban nuestra marcha. Que maravilla fuè descubir los primeros àrboles de guayabos, de bananas, de paltas, de moras, ofreciendonos sus frutos en el  camino .    

Y llegamos a las Yungas. Esos pueblos posados sobre còlinas, esos pueblos de  pieles negras y de sonrisas acogedoras, esos pueblos que ofrecen a la vista el verde de las montañas, y, a lo lejos, la cordillera Real que todavìa nos saluda, y nos refresca un poco bajo ese sol de los tròpicos.                                  

Todo el dìa en los Yungas caminamos, yendo del lindo pueblo de Coroico hasta el pueblo de Tocaña, pueblo de descendientes de los ancianos esclavos negros. Todo el dìa bajamos y subimos valles, hidratandonos con naranjas y mandarinas que  recogíamos.                                                                                                                    

Cada vez, dejamos màs lejos las alturas y el frìo delicioso del cielo tan azul y de las cimas tan blancas. Ahora, a las puertas del amazonas no percibo màs  las montñas nevadas. Pero todavìa nos siguen los torrentes furisoso de aguas heladas. 

Par anna.diego
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Samedi 23 juin 2007

Cuatro hombres. La plaza de Coroico los reune. Con Anna esperabamos el taxi-trufi sentados en un banco. Un italiano, de acento confuso, ensalada de portugues e italiano, con ganas de contarnos sus aventuras. Desde ayer su fiebre lo obliga a quedarse en el hotel. Al menos su "janela" da a la plaza nos dice señalando a su ventana abierta con cortinas anaranjadas. Sobre un mapa, nos indicò el camino que esperaba hacer hasta la cascada cerca del Calvario pero su dòlor de panza hizo cambiar la direcciòn de su dedo ìndice dirigiendolo hacia el hospital. "Creo que voy a terminar alli", se rie desdoblandose en dos para paliar el malestar. Renato con deseos de volver a su Roma, juntar algo de plata y continuar el viaje por Sud Amèrica. En ese momento la urgencia es tomar un tè. Quizas nos encontremos en la Fiesta de año nuevo Aymara en Tiwanaco. Minutos antes un señor de unos 45 años, pelo y barba blancos me pide correr la mochila para sentarse.  Sus ojos rojos y cansados de tanta borrachera y sus parpados a medio cerrar (o a medio abrir) dejan apenas ver su pequeña pupila y el angosto anillo color miel que la rodea. Me pregunta de que esquina de Buenos Aires vengo y saca de su bolso de cuero un pimiento rojo y me lo ofrece. Sus ojos me querìan confirmar mi  buena fortuna. El sol lo confunde un poco y decide ir a sentarse a un lugar mas fresco. Entretanto Anna, que charlaba con Renato, sentados en el otro extremo del banco, gira la cabeza y comienza a reir al descubrir el pimiento rojo sobre mis piernas. Yo miraba en direcciòn a una callecita que bajaba hasta la plaza. La destrepaba un porteño que habìamos conocido la noche anterior. Sus pantalones anchos y de varios colores entre el azul y el violeta. Su cabello largo, lacio y mojado. Su andar de pato hacìa hamacar su pelo de izquierda a derecha y de derecha a izquierda; de tanto en tanto se los recogìa con las manos para volver a juntarlos en un sòlo mechòn detràs de la nuca. Artesano que vivìa con artesanos. Sus frases màs usadas son "loco", "que se yo loco" y "no se". Su frente se arrugaba pronunciando las dos ùltimas frases y su cabeza se hincàba entre sus hombros. Parecìa fastidiado cuando nos hablaba. Al llegar a la plaza se instalò en otro banco junto a dos amigos tambièn artesanos. Me di vuelta y le dije a Anna que me iba a buscar al hombre del pimiento para agradecerle. Sentado en la sombra me ofreciò alcohol. Su manos temblaban y con cansancio me contò que naciò en Venecia, que viviò siete años en Buenos Aires y que trabajò de camionero en el sur de Argentina. Miraba hacia el cielo como buscando los recuerdos y de su boca apenas se oyò: "Bolsòn", "Bariloche"...pareciàn tan lejanas. Su boca dibujo una sonrisa que durò tan sòlo uno par de segundos. "Me juntè con una negra" me dijo. Ahora vive en el banco de la plaza  de Coroico. "El problema es que me separè" concluyò. Sus pensamientos naufragaban en la memoria de esos dìas y yo volvì hacia Anna. Reconocì en la vereda de enfrente a nuestro loco y gran amigo Viktor y me levante rapidamente a su encuentro. Lo habìamos cruzado en Cocha. Reencontrè su barba blanca, su labia imparable y su mirada inteligente. Yugoslavo y huèsped de la mayorìa de las rutas del mundo. Con su larga barba blanca nos relataba sus aventuras de la India y sus huìdas del paìs cuando la guerra daba lugar. Nos reconocimos al instante. Nos volvìo a hablar de su anhelada India y nos pasò el mail: crazyviktor@.... Con una sonrisa y un fuerte abrazo nos despidiò. Era hora de partir hacia Caranavi. Cuatro hombre. Dos italianos, un argentino, y un yugoslavo. Cuatro personalidades diferentes, cuatro realidades distintas pero todos lejos de su lugar natal reunidos en la "Plaza Coroico". Cargados de nuestras mochilas cruzamos la calle dirigiendonos al taxi-trufi cuando Renato nos grita "Bone Viaje!!". Viktor que lo escucha de espaldas se da vuelta hacia èl y le dice "ahh, italiano..."

 Quatre hommes. La place de  Coroico les réunis. Avec Anna nous attendions le taxi-truffi  assis sur un banc. Un italien,  à l'accent confu, salade de portuges et italien, avec l'envie de nous raconter ses aventures.  Depuis hier sa fièvre l'oblige à rester à l'hôtel. Au moins, sa "janela" donne sur la place, nous dit-il en signalant   sa fenêtre ouverte aux rideaux orangés. Sur une carte, il nous indique le chemin  qu il espère faire jusqu'à la cascade près du calvaire,  mais sa douleur de ventre lui fait changer  la dirrection de son doigt  , se dirigeant direction hôpital." Je crois que je vais finir là-bas", il rit en se pliant en deux  pour  surmonter le malaise. Renato, avec le desir de rentrer à Rome,   économiser un peu d'argent,  et continuer le voyage à travers l'Amérique Latine.  A ce moment précis, son urgence était de boire un thé. Peut être nous rencontrerons nous à la fête de nouvel an Aymara,  à Tiwanacu.  Quelques minutes auparavant, un homme de 45 ans environs, cheuveux et barbe blancs,  me demande  que je pousse mon sac à dos pour pouvoir s'assoir.  Ses yeux rouges et fatigués de tant d'alcool, et ses paupières à demi fermées ( ou à demi ouvertes   ) , laissent à peine entrevoir ses petites pupilles et le large anneau couleur miel qui l'entoure.  Il me demande de quel coin de Buenos Aires je viens et il sort de son sac en cuir un piment rouge et me l'offre. Ses yeux voulaient me confirmer ma bonne fortune. Le soleil le confond un peu, et il descide d'aller s'assoir à un endroit plus frais. Entre temps, Anna, qui discutait avec Renato, assis à l'autre bout du banc, tourne la tête et se met à rire en découvrant le piment rouge sur mes jambes.  Je regardais alors en direction d'une petite rue qui descandait jusqu'à la place.  Un porteño y marchait, que nous avions connu la veille.  Ses pantalons larges, de plusieurs couleurs , entre le bleu et le violet. Ses cheuveux longs, lisses et mouillés. Sa  démarche de cannard faisait balancer ses cheuveux de gauche à droite et de droite à gauche; et, de temps en temps , il se  les attachait avec ses mains, pour les réunir en une seule mèche derrière la nuque.  Artisan qui vivait avec des artisans.  Ses phrases les plus utilisées sont: "loco" "que se yo loco" ( quesque j'en sais mon gars),  y " no se" ( je ne sais pas)  . Son front se ridait  en prononcant les dernières phrases, et sa tête s'enfoncait entre ses épaules. Il semblait fastidié quand il nous parlait. En arrivant à la place il s'assit à un autre banc avec deux amis eux aussi artisans. Je me retournais et dit à Anna que je m'en allais chercher l'homme au piment pour le remercier.  Assis à l'ombre il m'offrit de l'alcool. Ses mains tremblaient et avec fatigue il me raconta qu'il était né à Venise, qu'il avait vécut sept ans à Buenos Aires, et qu'il travailla de camionneur dans le sud de l'Argentine. Il regardait vers le ciel, comme recherchant les souvenirs, et de sa bouche, à peine  s'entendirent : "Bolson, Bariloche"...  cela semblait si lointain. Sa bouche dessina un sourire qui dura seulement quelques secondes.  "Je me suis mis en couple avec une noire ", me dit-il. Maintenant il vit sur le banc de place de Coroico. " Le problème c'est que je me suis séparé" , concluit-il. Ses pensées naufrageaient  dans la mémoire de ces  jours, et moi je retournais vers Anna. Je reconnu sur le trottoir d'en face  notre fou et grand ami Viktor . Et j'allais rapidement à sa rencontre. Nous l'avions croisé à Cocha. Je retrouvais sa barbe blanche, son verbe imparable et son regard intelligent.  Yougoslave et hôte de la pluspart des routes du monde. A Cochabamba il nous racontait ses aventures dans les Indes, et ses fuites du pays lorsque la guerre avait lieu.  Nous nous reconûmes à l'instant. Il recommenca à nous parler de  son Inde chérie, et il nous passa son mail: crazyviktor@.... Avec un sourire et une forte embrassade, il nous fis ses adieux.  C'étiat l'heure de paritr vers Caranavi. Quatre hommes.  Deux italiens, un argentins, et un Yougoslave. Quatre réalité différentes , et tous loin de leur pays natal, réunis dans la place de Coroico . Chargés de nos sac à dos nous traversâmes la rue, nous dirigeant vers le Taxi-Truffi, quand Renato nous crit: " Bone viaje"  . Viktor, qui l'entend de dos, se tourne vers lui et lui dit: " ahhh , italiano...".

 

Par anna.diego
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